En la serie de publicaciones que estamos llevando a cabo en Castilla La Mancha Activa hablamos sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Hoy nos ocupa el ODS 12, que pretende garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles, algo fundamental para sostener los medios de subsistencia de las generaciones actuales y futuras.
Vivimos en una sociedad que ha alcanzado niveles de bienestar y comodidad impensables hace apenas unas décadas. Sin embargo, ese progreso también ha traído consigo una contradicción difícil de ignorar: mientras nuestro planeta pierde recursos a un ritmo cada vez más acelerado, nuestra forma de consumir continúa creciendo y generando residuos.
Las previsiones indican que, si la población mundial alcanza los 9.800 millones de personas en 2050, serían necesarios recursos equivalentes a casi tres planetas para mantener los estilos de vida actuales. El problema no es únicamente cuánto consumimos, sino cómo lo hacemos.
Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en algo tan cotidiano como la comida. Hoy, el desperdicio alimentario se ha convertido en uno de los grandes desafíos sociales y medioambientales de nuestro tiempo. Según datos de Naciones Unidas, cada persona desecha una media de 120 kilos de alimentos al año. Traducido a nuestro día a día, hablamos de barras de pan que se endurecen en la cocina, fruta que olvidamos en el frigorífico, yogures que caducan o restos de comida que terminan directamente en la basura. A pesar de que una gran parte de la población mundial pasa hambre, cada año se desperdicia la asombrosa cantidad de 931 millones de toneladas de alimentos.
Lo paradójico es que hace no tanto tiempo la realidad era muy distinta.
En España, generaciones enteras crecieron en una época marcada por la escasez. Tras la Guerra Civil y durante los años de posguerra, las familias convivieron con las cartillas de racionamiento y con enormes dificultades para acceder a alimentos básicos. En aquellas casas, desperdiciar comida era algo impensable. No porque existiera una conciencia medioambiental como la conocemos hoy, sino porque simplemente no había margen para hacerlo.
Nuestras abuelas y abuelos aprendieron a sacar partido a absolutamente todo. El pan duro se convertía en migas, torrijas o sopas; la carne sobrante acababa transformada en ropa vieja o croquetas; las verduras se aprovechaban para caldos y guisos. Nada se tiraba porque cada alimento tenía valor y cada recurso contaba.
Curiosamente, muchas de esas recetas que nacieron de la necesidad hoy forman parte de la gastronomía tradicional española y son auténticos emblemas culinarios.
Quizá uno de los ejemplos más conocidos sean las croquetas, consideradas por muchos la receta de aprovechamiento por excelencia. Restos de pollo, cocido, jamón o pescado encontraban una segunda vida dentro de una bechamel. Lo que hoy vemos como uno de los platos más representativos de nuestra cocina nació, en gran parte, de la necesidad de aprovechar lo que había en casa.
Con el paso de los años, la mejora del bienestar social y económico transformó nuestros hábitos. Tener acceso a una mayor variedad de productos, supermercados llenos y una oferta prácticamente ilimitada ha supuesto un avance enorme para nuestra calidad de vida. Sin embargo, también hemos desarrollado una cultura de abundancia que, en ocasiones, nos ha hecho perder la percepción del valor de los alimentos.
Compramos más de lo que necesitamos, planificamos menos nuestras comidas y nos hemos acostumbrado a sustituir rápidamente aquello que sobra o que parece menos atractivo. Mientras tanto, miles de toneladas de alimentos perfectamente aptos para el consumo terminan cada año en la basura.
Cambiar esta situación no depende únicamente de grandes políticas o decisiones internacionales; empieza también en pequeños gestos cotidianos.
Planificar la compra, revisar qué tenemos en casa antes de ir al supermercado, congelar alimentos, reutilizar sobras o recuperar recetas de aprovechamiento son acciones sencillas que pueden marcar una diferencia importante.
Quizá avanzar hacia un consumo más responsable no signifique volver a tiempos de escasez, sino recuperar algo que generaciones anteriores conocían muy bien: entender que los recursos tienen valor y que aquello que hoy desperdiciamos podría convertirse en una oportunidad.
Pensad, tal vez, nuestras abuelas llevaban años enseñándonos sostenibilidad sin llamarla así.
¿Por qué debemos cambiar nuestros hábitos de consumo?
El progreso económico y social conseguido durante el último siglo ha estado acompañado de una degradación medioambiental que está poniendo en peligro los mismos sistemas de los que depende nuestro desarrollo futuro y, ciertamente, nuestra supervivencia.
Para que la transición tenga éxito, es necesario potenciar el aprovechamiento eficaz de los recursos.
¿Qué tiene que cambiar?
Son muchos los hábitos de consumo que, si se modifican ligeramente, pueden tener un gran impacto en la sociedad.
La adopción de una economía circular implica diseñar productos duraderos, reparables y reciclables. También implica promover prácticas como la reutilización, el reacondicionamiento y el reciclaje de productos para minimizar los residuos y el agotamiento de los recursos.
Además, se puede adoptar un estilo de vida más sostenible: consumir menos, elegir productos con menor impacto ambiental y reducir la huella de carbono de nuestras actividades cotidianas.
Como consumidor, ¿cómo puedo ayudar?
Hay dos maneras principales de ayudar:
- Reducir los residuos generados y 2. Pensar bien lo que se compra y elegir una opción sostenible siempre que sea posible.
Evitar tirar comida y reducir el consumo de plástico, una de las causas principales de contaminación de los océanos. Tener siempre encima una bolsa reutilizable y reciclar botellas de plástico son buenas formas de contribuir en el día a día.
Tomar decisiones inteligentes acerca de las compras también ayuda. Comprar productos sostenibles y locales puede suponer una diferencia, además de que presiona a las empresas para que adopten prácticas sostenibles.


